Las inundaciones propiamente tales corresponden a
una consecuencia derivada de otros procesos de recurrencia interanual, como son
las crecidas de los cursos de agua, sumado ello a condiciones de insuficiencia
de los sistemas de evacuación, sean estos cauces naturales, sistemas de drenaje
artificializados, colectores urbanos, etc.
Se trata del resultado del desequilibrio que se
manifiesta en un momento, lugar y situación dada, entre el volumen hídrico a
evacuar en una determinada parcela de tiempo, y la capacidad de evacuación de
los cauces o sistemas de drenaje o, en otras palabras, la oferta de cauce se ve
superada por la demanda de cauce. Debe tenerse en cuenta, además, que dicha
demanda no está compuesta sólo por agua, sino también por los sedimentos que
esta transporta y arrastra, y cuya proporción respecto del volumen hídrico,
sumado a las variaciones en la capacidad de carga del curso de agua, va a
influir directamente en la ocurrencia de los desbordes.
Un hecho relevante es la recurrencia de las
crecidas que presenta una cuenca fluvial dada respecto de otra. Ello está
asociado, por una parte, a las características del régimen pluviométrico y
térmico que registre el clima imperante y, por otra, a las características
morfométricas que está presente (alturas, forma, pendiente media, superficie,
etc.), al desarrollo del sistema de drenaje (densidad, frecuencia y jerarquía
de la red hídrica), y a la capacidad de retención hídrica de la cuenca,
aspectos todos ellos que influyen en la torrencialidad, la velocidad de
respuesta, el tiempo de concentración, y el volumen de los caudales.
Imágenes de daños causados en Tixtla
